Lo que aprendí con la muerte de nuestra gata Pascala

por | 13 Jun 2019 | Espiritualidad

Si tenés o tuviste una mascota, seguramente sos consciente del enorme aprendizaje que nos traen. Hace poquito murió nuestra gata Pascala, y hoy quiero recordar lo que me enseñó con su vida y en el proceso de su muerte

Para poder contarte lo que aprendí de Pascala tengo que hablarte un poco sobre su personalidad. A veces cuando alguien muere, exageramos un poco sus cualidades positivas. Pero en esta caso no es mi intención exagerar.

Lo que más destacaba a Pascala era su capacidad de expresar amor. Parecía más un perro que una gata. Cuando llegaba algún amigo a casa, se acercaba y se le ponía encima. Todo el mundo quedaba muy sorprendido por su confianza y liviandad. En seguida conectaban con ella y lograba que todos se sientan queridos y valorados.

En general trabajo desde casa. Muchas veces empiezo el día trabajando en la cama. Ella se acercaba y empezaba a frotarse en mi computadora, y después se acomodaba sobre mí, un poquito antes del teclado. Me tapaba un poco la pantalla y casi no me dejaba escribir. Siempre buscaba ser consentida. Su presencia y su cariño se sentían mucho. A veces era tan intensamente amorosa que me agotaba la paciencia y la sacaba sintiéndome molesto porque no me dejaba tranquilo.

De su personalidad aprendí, por un lado, a abrirme a los demás sin prejuicios, directo, sin vueltas. A soltar mi lado más arisco y prejuicioso para darme sin miedo. Ella era muy confianzuda. Observándola tan distinta a mí me di cuenta que muchas veces no dejo salir esa gran capacidad de amar que hay dentro mío porque tengo miedo de que me rechacen o de que alguien pueda incomodarse. Ella, con la confianza con la que se movía, me mostró que la mayoría de veces la vida responde muy bien a esta actitud. Si alguien se molesta, porque por alguna razón no es capaz de recibir tanto amor, no es algo personal y simplemente puedo respetarlo. Sin embargo a ella no le importaba el rechazo. A mi aún me molesta. Me incomoda. Me hace contactar con mi vulnerabilidad. Viendola cómo se movía en los vínculos fui aprendiendo a suavizarme y abrir un poco más el corazón.

Un feedback que me da mucha gente es que pueden notar que soy muy amoroso, pero que a veces me paro desde un lugar en el que parezco inaccesible y no me dejo tocar. Hay una parte de mi a la que no permito que nadie entre. Me cuesta mostrarme vulnerable. Tomé consciencia de que es complicado acercarse a alguien que siempre quiere parecer perfecto. Sobre todo porque no es real y cuando falta autenticidad la conexión profunda se hace más difícil. Pascala se relacionaba con esa naturalidad, frescura y vulnerabilidad que hoy me inspiran a ser un poco más como ella. A dejarme tocar y sobre todo a permitirme expresarle a los demás mi amor y mi sensibilidad. Al recordarlo me emociono. Puedo sentir ese fluir lindo del corazón cuando me permito expresar lo que hay ahí.

Cómo llegó la muerte de Pascala

Pascala era una gata feliz y llena de energía ¿Qué pasó para que en pocos meses pierda su vitalidad y alegría dejándose morir?

Hace un año nos mudamos de Bogotá a Medellín con Za,mi pareja, Eli su hija de 16 años, Pascala y Cristobal, nuestro otro gato. Todos nos adaptamos bastante bien. Después de un año Eli nos comentó que le gustaría terminar el colegio en Bogotá. Antes de volver a Bogotá iba a pasar dos meses en Berlín con Jacobo, su hermano. ¡La sensibilidad de los animales es increíble! Pascala se dió cuenta de todo el movimiento y estaba molesta y distante con Eli.

La gata empezó a pasar más tiempo sola. Se aislaba y se escondía. Eli se fue a Berlín. Nosotros nos fuimos de viaje a Perú, y mientras estábamos allá Pascala se deprimió y se puso tan débil que tuvimos que hospitalizarla.

Cuando volvimos de Perú Za se quedó trabajando durante unas semanas en Bogotá. Pascala volvió a la casa y se mejoró un poco. Durante esos días Cristobal, nuestro otro gato, empezó a molestarla y atacarla. En esos días yo estaba muy enfocado en mi y en mis proyectos. No le presté mucha atención. Pascala se aisló aún más y comenzó a empeorar. Aunque había muchas señales de que la cosa no estaba bien, yo estaba distraído y no me di cuenta de cuán grave estaba el tema.

Un día de noche estaba con Rafa, un gran amigo que se estaba quedando en casa, y la vimos muy débil. No quería comer y le costaba moverse. En seguida llamé a la veterinaria para que la venga a ver temprano. La metí en mi cuarto para que descanse mejor y para que Cristobal la deje tranquila. Luego me fui a dormir.

A la mañana siguiente mientras dormía escuché un pequeño gemido. En seguida me desperté. Aún dormido me di cuenta de que algo importante estaba pasando y me acerqué a Pascala. Ella respiraba con dificultad. En algunos momentos de mi vida había acompañado personas a morir en un hospicio. Reconocí en el ambiente la presencia de la muerte y me di cuenta de que estaba agonizando. Con todo el amor del mundo le puse las manos encima y la acaricié con la esperanza de que algo milagroso sucediera. Pero no. No hubo ningún milagro. Lo que sentí fue el dolor y la impotencia de no poder hacer nada para evitar que su vida se escape entre mis manos. Su respiración se fue haciendo más liviana, casi imperceptible, hasta que dió una última y sutil exhalación.

Con qué contacté con su muerte

La muerte de Pascala me agarró por sorpresa. Me pregunté: “¿Cómo se dieron las cosas para que esto termine así? ¿Está pasando en serio? ¿Cómo llegamos a esto?”. Sentí como que en parte no hubo opción. No tuve una alerta o aviso claro. O quizás estaba tan distraído que no pude verlo. Contacté con la abrumadora fuerza del destino. Esta poderosa energía, mucho más grande que nosotros, me hizo experimentar lo chiquito que soy frente a la vida. Sentí asombro y mucho respeto.

A veces es así. Tenemos que aceptar que esa persona (o Ser) que amamos se abandone, no quiera luchar más y se vaya dejando morir. Intentamos motivarlo. Nos enojamos. Hacemos mil cosas para hacerlo reaccionar. Pero nada funciona. Es su destino y con todo el dolor del mundo no nos queda otra que respetarlo.

También me impactó sentir la fragilidad de la vida. A veces estoy tan enfocado en mis proyectos, sueños e ilusiones, que me instalo por demás en la fantasía proyectiva del futuro y me olvido de que en cualquier instante puede llegar el momento de abandonar este sueño al que llamamos vida. Es como que a veces doy por sentado que voy a vivir muchísimos años más. ¿A vos también te pasa lo mismo? De a ratos pierdo consciencia de que en algún momento yo también me voy a morir. Doy muchas cosas por sentadas.
Sin embargo sentí el impacto de un aire frío y denso que me despertó del estado anesteciado en el que a veces ando metido. El contacto con la muerte me trajo humildad y perspectiva.

El dolor de andar distraído por la vida

En parte sentí la responsabilidad de su muerte. Me dolió. Si hubiera estado más atento a mi entorno seguro me hubiera dado cuenta de que ella no estaba bien. Pero me dolió más todavía tomar consciencia de mi frialdad y la distancia que suelo ponerle a los demás. Reconocí que esto mismo me pasa con muchas personas que quiero, especialmente con las que tengo más cerca. Es como que una parte de mi anda distraída, abstraída. Como si parte de mi energía estuviera en otro lugar. Quizás en las preocupaciones, en el futuro o el pasado, con los muertos de mi sistema familiar o mirando hacia atrás la historia de mis padres y mis antepasados. Es un sentimiento muy claro para mí. Hay una parte mía que no está presente, que está como muerta o en otro lado.

Esto es quizás una de las cosas que más dolor me causó y que más les recriminé a mis padres: sentir que en parte no estuvieron ahí, sobre todo emocionalmente. Me di cuenta que este es el origen de mucho del sufrimiento que veo en las personas que acompaño. Es la sensación de no haber sido vistos o reconocidos. De experimentar soledad, desamparo y frialdad aún teniendo mucha gente alrededor. Hoy puedo vivir en carne propia lo que les pasaba a mis padres. La impotencia de querer estar y no poder. Sentir la insatisfacción y la culpa de no lograr estar plenamente aquí aún siendo consciente del dolor que le causo a los demás con esta ausencia parcial. Sentirme incapaz de abrir el corazón y dejarme tocar. Experimentar en cambio esa frialdad y dureza que no me dejan expresarme como me gustaría hacerlo.

¡Que frustración que se pase la vida sin poder resolverlo! ¡Qué amargura morir sin haber dejado que el corazón brote como él puede hacerlo!
Un anhelo grande que tengo en este tiempo es aprender a brindarme con todo el corazón. A dejar fluir esa fuerza infinita. Poder vivir muy presente y entregado. Abrazar la vida con todo mi Ser. Estoy en eso. Pascala me ayudó a encontrar pistas de caminos que quiero empezar a transitar.

También me di cuenta que con su muerte Pascala, en parte, cargó algún conflicto nuestro. Como sucede con las pérdidas de hijos, abortos, tragedias, enfermedades,etc: alguien del sistema se ofrece como el mal menor. Así lo sentí. Respeto su destino y le agradezco su presencia. Reconozco también la importancia que tienen las mascotas en nuestras vidas. Si tenés alguna mascota estoy seguro de que sabés de lo que estoy hablando.

Al compartir estas palabras honro la vida y la existencia de Pascala. Que su luz y su magia toquen el corazón de quienes resuenen con esta experiencia.

 

Federico Paz
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